x

El día que me casé

El día en que me casé June Lemon

¡Casi no he contado nada del día en que me casé por aquí! Y hoy justo hace un año del día más feliz de mi vida, así que no se me ocurre momento mejor para compartirlo aquí y recordar cómo me sentí entonces y cómo me siento hoy, un año después del principio, viéndolo, ahora, al final de tantas cosas.

Mi vestido era de Inés Martin Alcalde

Nos casamos a finales de junio del año pasado en Madrid por la Iglesia. Celebramos la ceremonia religiosa en Los Jerónimos y después lo festejamos en El Campillo en El Escorial. Escogimos todo entre nosotros dos y tuvimos la suerte de poder hacer la boda sin presiones externas, dejándonos guiar por nuestros gustos y las voces expertas de A-Típica, a las que con gusto contrataría con un fee vital para que, además de la boda, me organizaran también la vida, así en general.

Hoy noto el calor de Madrid en su asfalto y recuerdo la abrasadora sensación de hace un año, que sobrepasamos los 40ºC. Hasta una semana antes, parecía que iba a caer el diluvio universal en una de las típicas tormentas de verano pero, a medida que avanzaban los días, subía el termómetro tanto como se alejaban las nubes de los días de víspera hasta el punto de tener que adaptar lo que sería el cóctel y la ceremonia a un frente sub-sahariano que amenazaba con asar invitados. Aún así, con la emoción, yo no sentí calor, y eso que iba en manga larga.

Mis zapatos eran de Jimmy Choo y como joyas llevé mi anillo de pedida y unos pendientes regalo de mi familia

Esa mañana me desperté increíblemente tranquila. Supongo que uno nunca sabe cómo va a reaccionar en un día así y en mi caso y contra todos mis pronósticos, estuve tranquila como nunca, desayunando, comiendo con mis padres y mi hermano; disfrutando de los pequeños nervios del momento. Me arreglé con Gema Uceda que me maquilló y peinó, rodeada de flores que me habían mandado mi madrina y la madre de una amiga ese día. Uno de los placeres colaterales de casarse son las flores frescas de las que uno se rodea con diferentes pretextos durante ese año . Estas construyen un imaginario efímero que marca una etapa. Como dice Leticia Sala, el tiempo que pasas prometida es una especie estado de gracia, único e irrepetible, que después recordarás con olor a flores.

Una de las cosas más especiales fue entrar a la iglesia del brazo de mi padre

Entré a la ceremonia del brazo de mi padre, con una versión coral de Sa Feito de Nuey, una jota típica aragonesa en honor a mi marido que es de allí, y fue un momento mágico. La diseñadora de mi vestido, Inés Martín Alcalde, me recomendó que, antes de entrar a la iglesia, me parase, sonriese y caminara muy despacio hacia el altar manteniendo el contacto visual para disfrutar del momento. Fue el mejor consejo y por eso aquí lo repito para quien le sirva. Mi momento favorito de la boda. La tranquilidad que me acompañaba todo el día se quebró en ese momento, me temblaban las piernas de emoción. Al entrar vi a dos de mis mejores amigas; esperándome, vigilándome y tendiéndome la mano por si me caía para ayudarme a levantar como han hecho siempre. Después, levantando la vista estaban todos nuestros amigos y familiares, vi a mi suegra siempre con esa sonrisa y, a su lado, a mi futuro marido que me esperaba y sonreía.

El ramo eran unas peonías, tan especiales porque solo florecen en verano

El vestido era de satén con un bordado antiguo cosido sobre él. En la parte de abajo, decidimos (porque lo del vestido fue una tertulia en toda regla) mantener la tela antigua original tal cual estaba para jugar con el contraste de texturas.

Una de las mejores cosas de casarme fueron todos los momentos que compartí con mi madre; nadie me escucha como ella. Como la organización la controlaba con mi marido y con A-Típica, con mi madre compartía, sobre todo, la ilusión. Fuimos juntas a cada prueba de vestido e hicimos de ese ritual nuestro momento: ella me esperaba a la salida del metro, yo siempre corriendo a la hora de la comida o a última hora de la tarde, íbamos al taller y charlábamos durante la prueba con Inés y con Rosa del vestido y al terminar, nos íbamos las dos a picar algo y comentar cualquier detalle y de paso charlar de todo sin detenernos en nada en particular, como nos gusta hacer a nosotras.

Detalles del vestido
Lo celebramos en la Finca El Campillo

Hubo dos momentos especialmente emocionantes para mí ese día. Uno, que mi abuela, después de haber sufrido un ictus un mes antes de la boda, pudiera venir a ver cómo nos casábamos. El otro, como ya he mencionado, caminar junto a mi padre hasta el altar y ver a toda la gente que quiero en el pasillo y, al final, al que iba a ser mi marido con una sonrisa de oreja a oreja. Fue como te imaginas que terminan todas las comedias románticas, solo que en vez de ser el final era el principio.

Después de la ceremonia, llegamos a la finca en la que el sol aún estaba alto pero la temperatura ya era más agradable. Allí, ya casados, Bibiana Fierro, nos hizo unas fotos a los dos solos y después nos unimos a todos nuestros amigos y empezamos a celebrar entre abrazos y enhorabuenas.

El vestido era de satén con un encaje antiguo bordado por encima
Lo mejor del día fue tener reunida a tantísima gente a la que quiero

Ya os digo que escogimos todo con muchísimo cariño. Una de las cosas que más ilusión me hacía era la papelería, yo tenía claro que quería que fuera caligrafiada e ilustrada y alegre así chicas de A-Típica nos hicieron un diseño que decía cosas de nosotros dos y que trasladamos a los detalles de la boda, desde la invitación, a la web. Había hasta un limoncito de June Lemon.

El sitting nos lo caligrafió Atípica
Los menús fueron ilustrados por Atípica, igual que nuestras invitaciones

Como fue uno de los días más largos del año, nos sentamos a cenar y aún era de día. Al estar en El Escorial, que siempre hace algunos grados menos que en Madrid, hizo una noche de verano brutal y pudimos cenar entre los árboles.

Nuestro principal objetivo es que todo fuera natural, cómodo y agradable y así crear un clima de buen rollo que se acabara extendiendo a todo y a todos. Que todos estuviéramos a gusto.

Combinamos centros altos y bajos en las mesas con sillas de bambú para hacerlo más acogedor
Estos eran los meseros altos que había en algunas de las mesas

Durante la cena, de repente y de la nada, cayeron unas gotas y vino un viento huracanado que tiró algunos centros de mesa. Como no sabíamos qué hacer y por los nervios, no hicimos nada y el viento igual que vino, se fue. Seguimos la cena sin más sobresaltos y fue la anécdota de la boda. Dice mi padre que fueron mi abuelo y mi abuela, que no me pudieron acompañar, recordándome que estaban allí conmigo. A mí me gusta pensar que fue exactamente eso lo que pasó.

Yo me las prometía muy felices hasta que llegó el momento de entrar al convite bailando en esa costumbre que se ha instaurado por imitación involuntaria de boda en boda para jalear a los invitados. Me preguntaron de antemano si pensaba entrar bailando y siempre contestaba que no tenía ni idea y que haría lo que viera y sintiera en el momento para quitarle hierro a una situación que puede hacerte sentir forzado. Me atasqué los primeros diez pasos, cuando aún no veíamos a la gente pero, fue llegar a las mesas, verles las caras y escuchar la música de Sweet Caroline de DJ Ozark… y nos vinimos MUY arriba. Dimos dos vueltas a las mesas, capitaneadas por mí. Sorpresas te da la vida.

Pudimos cenar al aire libre en una increíble noche de verano

Preparamos la boda con muchísimo mimo durante meses. Yo creo firmemente que la intención es un intangible que se transmite. Cuando a algo le pones energía y pensamiento, incluso en los detalles imperceptibles, se acaban trasmitiendo y si además, cuando llega el momento lo disfrutas y te dejas fluir… Da igual si algo falla o si no has podido hacer una determinada cosa como esperabas, si has puesto intención en todo lo que has hecho la gente lo percibe y lo valora y es al final el poso final con el que se queda.

El ramo se lo entregué a mi mejor amiga, que se casa este año

Mi ramo era muy sencillo, de peonías, mis favoritas. Me lo regaló mi amiga Pati y lo que ella no sabía ¡era que se lo iba a dar a ella! Además, surtió efecto porque ella se casa este año y yo le regalaré el ramo, en esta tradición que nos hemos inventado entre nosotras. También, cuando nadie miraba, les dimos uno a cada una de nuestras madres para darles las gracias y hacerles un pequeño homenaje.

Lo preparamos todo con muchísimo cariño y disfrutamos como nunca

Una de las cosas que no sabíamos muy bien cómo afrontar era el momento de saludar a todos los invitados ya que había mucha gente y no queríamos dejarnos a nadie pero eso a la vez puede ser agobiante. Nos dieron mil consejos: hacerlo al principio en una especie de besamanos, no hacerlo y esperar a que la gente te salude, de todo. Lo que acabamos haciendo fue lo que nos pidió el cuerpo en el momento: en los postres y contra nuestro propio plan pre-nupcial de no saludar si no surgía, estábamos deseando levantarnos a hablar con toda la gente que había venido; no solo a nuestros amigos, yo también quería estar con los amigos de Kike, con sus familiares, con parientes más lejanos de ambos y hacernos fotos con quien quisiera.

Tuvimos un momento para todos porque realmente su momento era también el nuestro, celebrar con ellos era también celebrarnos a nosotros. No fue algo premeditado, salió así ¡y me alegro! Porque mi sensación de aquel día es que nos dió tiempo a agradecer a todos el esfuerzo de haber venido y haber compartido con nosotros. Estuvimos muy presentes.

Abrí el baile con mi padre

El broche final lo pusimos con el fiestón de Mickey Pavón, que tiene el don de hacer bailar a vivos y muertos.

Hoy lo recuerdo y aún se me pone la piel de gallina, el mejor día de mi vida. Fue especialmente mágico entonces por poder sentir la electricidad de los detalles con tanto mimo cuidados, por la euforia incontenible de ver tanta gente querida reunida, en mi momento más pletórico, más dichoso hasta la fecha. Pero sobre todo hoy, en retrospectiva, me emociono aún más al recordarlo y echar la vista atrás englobando ese día como el pistoletazo de salida de este primer año tan pleno, tan sereno; al final de tantas cosas.

Estoy súper agradecida y emocionada con todo lo que pasó ese día, con nuestras familias, con la felicidad inmensa de casarme con Kike y de poder compartirlo con toda la gente que queremos y nos quiere; bailando y riéndonos y además ahora por fin, compartiéndolo aquí. Lo mejor de un gran momento es vivirlo y después revivirlo a través del recuerdo, a veces queriendo, a veces sin querer, siempre sorprendida por esa magia que de nuevo te recorre, que te inunda, que te vuelve a pasar por el corazón.

Fue sin duda el mejor día de mi vida. El dj con el que contamos fue Mickey Pavón. Foto de Bibiana Fierro.

Así que éste fue, en resumidas cuentas, el día que me casé.

Todas las fotos nos las hizo Bibiana Fierro.

p.d: noticias.

2 comentarios

Escribe un comentario
  • María

    Qué preciosidad toda la boda, pero lo de Sa Feito de Nuey… seguro que saltó alguna lagrimica en la familia del novio.
    Enhorabuena y seguir celebrando aniversarios 😉

  • Olalla

    Los pelos de punta leyendo… ¡tuvo que ser un día genial! Enhorabuena! 🙂