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El primer año de todo

Hace unos pocos meses hizo un año que volví de Barcelona y pensando en esa retrospectiva inevitable que hacemos casi involuntariamente al cambiar algo en nuestra vida, me di cuenta de que este había sido un año muy especial, un año con balance muy positivo y muy bonito a decir verdad, pero que me ha costado lo mío. No solamente ha sido el año en el que volví a Madrid, sino también el que me fui a vivir con mi novio, empecé un nuevo trabajo, rescaté amistades anteriores, rehice mis rutinas y me familiaricé de nuevo con un Madrid igual pero distinto. Es por esto que, echando una distraída vista atrás de lo que había supuesto para mí este primer año, me dio por pensar en el primer año de todo, en lo duro que suele ser (pese a ser positivo y genial) rehacer tu vida en cualquiera de los sentidos. Volver a empezar cuesta. Por ello quise escribir esta carta desde el otro lado; desde la comodidad y el confort que da el año y medio de estabilidad en un mismo lugar, para decirte que esta sensación que tienes es normal y que no estás solo.

Me gustaría explicarme mejor. Quiero hablar de ese poso agotador que nos recorre el primer año de todo. El primer año que cambias de trabajo, de ciudad, de piso, de estado civil, el primer año sin un ser querido, el primer año después de una ruptura… El primer año desde aquel día clave que sin que lo supieras lo cambió todo, que jamás supiste que recordarías al cerrar una etapa sin saberlo, ese día que puso tu contador a cero de nuevo y empezó puntualmente, a marcar de nuevo los días hasta 365. Ese primer año de todo siempre es duro, es siempre de adaptación. Por supuesto tiene sus momentos súper buenos y anécdotas increíbles pero tú me entiendes, arrastras esa sensación de resistencia al cambio que no te abandona hasta pasado ese umbral de fuego que son los 365 días de algo.

Quizá sea porque durante ese primer año siempre recuerdas lo que estabas haciendo con alguien durante esa fecha un año atrás, dónde estabas, dónde trabajabas, dónde vivías. Quizá sea la nostalgia y la pereza de enfrentarnos a cosas nuevas, quizá sea porque adaptarte a nuevos compañeros, a un nuevo trabajo, a una nueva relación, a estar solo, a una nueva ciudad, a una convivencia o a vivir sin tu madre o sin tu abuelo es simplemente duro y punto. No duro en plan negativo sino más bien duro en plan: bienvenido al mundo real, chaval, así es la vida, no te lo tomes personal.  Una sensación de esas que con los años ya no catalogas sino que simplemente aceptas que son, que sabes que son, duras. Sin queja ni acritud. Porque también con los años comprendes que son situaciones pasajeras, en su mayor parte asequibles y que, por muy duro que sea el primer año de algo, el tiempo todo lo cura. Y esta es otra verdad bruta y sencilla, difícil de digerir cuando te aferras a un recuerdo, pero es. El tiempo acaba limando asperezas, amansando recuerdos, templando nuestras sensaciones, el tiempo siempre acaba trayendo paz.

El primer año de todo es el que te exige más flexibilidad, de esa que perdemos con los años pero que la vida siempre nos obliga a recuperar. El primer año de todo culmina aproximadamente después de cuatro estaciones; cuando haces balance y empiezas a recordar que hace un año por estas fechas ya estabas donde te encuentras, ya sabes hacer tu trabajo, ya duele un poco menos su recuerdo, ya te has empezado a entender, ya te has hecho a tu nueva ciudad o simplemente, tu alma ha llegado por fin y ya nada es tan nuevo ni cuesta tanto, ya puedes poner el piloto automático y empiezas a disfrutar a tope. Me doy cuenta a medida que acumulo experiencias, que la vida está llena de comienzos y finales; que esos 365 días de prueba no terminan nunca y que son los que nos hacen estar despiertos y alerta, agradecidos con la vida. Los que nos obligan a seguir luchando para acumular más días felices, más momentos en los que congelarías el tiempo después de cada esfuerzo, de cada año. Aprender a dejar ir, a abrazar lo nuevo con ilusión, nunca dejarse vencer y llegar a controlar la nostalgia es lo que nos enseñan los primeros años de todo, siempre excitantes y estimulantes, siempre aguardando nuevas sorpresas, nuevos giros de guión; escondiendo muchos más primeros años de todo.

Dedico este post a todos aquellos que puedan leerme y hayan atravesado este pasado 2018 el primer año de algo, ¡seguid remando! Os deseo muchos primeros años de todo, llenos de cosas buenas y emoción. El mío pinta muy bien, lo abrazaré con ilusión y me entregaré a él con dedicación, admitiendo con ganas la incertidumbre de esos primeros 365 días de fuego que lo envuelven todo y hacen nuestro mundo girar. Estoy preparada.

Un abrazo fuerte,

June

Foto de @madame_love.

p.d: Cristina, de Casilda se Casa que ha iniciado su aventura en solitario, me ha hecho una entrevista sobre cómo me cuido, por si os apetece verlo. Gracias por contar conmigo.

3 comentarios

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  • Espero que este 2019 sea el primer año de todo en que decidiste que volverías a publicar más por aquí, porque siempre es un placer leerte Marina. 😉 Eso sí, sin presión!
    Escribamos lo que escribamos, sea lo que sea, de primeras veces de todas o de muchas veces repetidas, te deseo un 2019 lleno de alegría, serenidad y mucho, mucho rock and roll. ¡¡Un besazo enorme!!

  • San

    2019 va a ser el primer año de otras aventuras increíbles <3
    Un besote, Marini!

  • Valle

    Tu alma ha llegado por fín. Menuda frase, brutal.