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DESIERTO

“La noche se les echó encima, se extraviaron y tuvieron que acampar en pleno desierto, al raso. El frío era glacial. Ignacio Ortiz de Zabala se alejó unos metros de la fogata. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, elevó la vista al cielo y se quedó maravillado al contemplar el brillo de las estrellas y constelaciones que centelleaban en el firmamento, a distancias infinitas, como si las viera por primera vez. Su cara debió reflejar tal sorpresa que el camellero comentó sonriente, mostrando sus blancos dientes:

“Alla Akbar Efendi”

Efectivamente, tuvo que reconocer, Dios era grande para haber creado tales maravillas. “